Había una vez un tipo al que algunos pocos conocían en el “medio” simplemente como “Chochy” (nombre ficticio para no mencionar su nombre), si, así como le llamamos por nombre a algunos perros en El Salvador. No era el mejor narrador, ni el mejor comunicador, ni el mejor camarógrafo, ni el mejor entrevistador, ni muchos menos el más preparado, ni el más carismático. Sin embargo, siempre estaba en primera fila en las transmisiones, en las entrevistas, con credencial colgada al cuello y una sonrisa servil lista para aparecer cuando algún jefe pasaba cerca.
Chochy había llegado ahí más por insistencia que por talento. Desde el inicio entendió algo: no destacaba por su conocimiento, así que decidió destacar por su obediencia. Aprendió rápido a decir que sí a todo, a reírse de los chistes del jefe, a asentir incluso cuando no entendía de qué se hablaba. Y eso le funcionó… al menos hasta ahora.
Pero había un problema: cada vez que llegaban nuevos colaboradores — personas muy hábiles, jóvenes con ideas frescas, preparados, con pasión real por el trabajo Chochy se sentía amenazado. Donde otros veían equipo, él veía competencia. Donde otros veían crecimiento, él veía reemplazo.
Así empezó su verdadero rol, uno que no figuraba en ningún contrato: el ser nuevamente lamebotas, el igualado mediocre.
Hostigaba a los nuevos cuando hablaban, les daba indicaciones confusas, los corregía en público, aunque él mismo estuviera equivocado, inventaba cuentos, hablada de los demás sin conocerlos, siempre decía que “el jefe decía esto y lo otro“. Si alguien intentaba acercarse a la zona de prensa, Chochy aparecía como guardián improvisado, cuestionando credenciales, inventando reglas, haciendo todo lo posible por incomodar. No era autoridad, pero actuaba como si lo fuera.
¿Por qué?
Porque en el fondo, Chochy sabía algo que nunca admitiría: no estaba a la altura.
Y cuando alguien vive con esa sensación, tiene dos caminos: mejorar… o impedir que otros brillen. Chochy eligió el segundo.
Su actitud no nacía de la confianza, sino del miedo. Miedo a perder su lugar, miedo a que alguien notara sus carencias, miedo a dejar de recibir esos “cinco pesos” simbólicos que validaban su presencia. Ser “lamebotas” no era una estrategia brillante; era su mecanismo de supervivencia.
Ese comportamiento no es nuevo, empezó desde que supo que “el hambre era perra” para él. Los jefes —aunque lentos— no eran ciegos, lo veían, pero lo toleraban porque necesitaban a un lamebotas, servil y mediocre que les llenara los oídos de fantasías. Los nuevos talentos se iban o evitaban trabajar con él. Su reputación creció, pero no como él esperaba. Era conocido, sí… pero por ser difícil, inseguro y conflictivo. Y así, poco a poco, el Chochy se quedó exactamente donde empezó: sin crecer y siendo mediocre.
¡Y recuerden amigos!
Ese tipo de comportamiento suele venir de inseguridad profunda, y del miedo de perder lo poco que tienen e intensifica lo miserables que son. Pero eso no lo justifica la violencia verbal o el estiércol que se lanza por la boca para fregar a los demás. El control falso se cae rápido: fingir autoridad o sabotear a otros puede funcionar un tiempo, pero destruye relaciones y credibilidad. El talento ajeno no es una amenaza: en ambientes sanos, suma; en personas inseguras, asusta.
Y el consejo más directo:
Si alguien siente que tiene que hundir a otros para mantenerse a flote, el problema no está en los demás… está en su propia falta de preparación y seguridad.
