El ayuno de la lengua: un llamado urgente a hablar con verdad y responsabilidad. El Papa León XIV nos ha hecho una invitación clara en esta Cuaresma 2026: practicar el “ayuno de la lengua”. No se trata únicamente de una práctica religiosa, o una práctica católica por el tiempo que se avecina de Semana Santa, sino de una urgencia profundamente humana para todos los tiempos.
Vivimos en un mundo saturado de ruido, mentiras y falsedades, donde las palabras se han convertido en campos de batalla y donde, con demasiada frecuencia, la rabia se disfraza de argumento.
Este mensaje no debe entenderse solo desde la fe, sino desde la conducta diaria de cada persona. Basta observar las redes sociales para confirmar que abundan discusiones que nadie comprende, palabras denigrantes y una violencia verbal cada vez más fuerte. Se habla mucho, pero se escucha poco. Y cuando no hay escucha, lo que queda es confrontación.
Hemos caído en la costumbre de imponer nuestra versión, nuestros chismes y hasta nuestros inventos sobre los demás. Se publican y se dicen comentarios que no buscan la verdad, sino aplausos rápidos y reacciones inmediatas. Hay quienes comparten rabia como si la rabia fuera argumento válido. Sin embargo, esto no solo afecta a individuos; tiene consecuencias colectivas, porque debilita la convivencia y fractura comunidades.
En lo personal, siempre me ha parecido injusto y equivocado que se señale con estigma que a las mujeres les gusta el chisme, como si fuera una característica propia de género. Yo no comparto esa idea, porque en mi experiencia he conocido a hombres —incluso algunos muy conocidos— a quienes “no solo les gusta, sino que les encanta” el chambre y participan activamente en él. Por eso creo que es un error seguir repitiendo ese estereotipo, ya que el gusto por comentar la vida ajena no depende de si se es mujer u hombre, sino de la personalidad y los valores de cada uno.
Como William, me ha tocado enfrentar rumores, morbo e incluso historias falsas con tintes de violencia creadas por personas que, desde la comodidad de su entorno, intentaron manchar mi nombre. No me quedé callado, como cuando un hijo de papi y mami intentó jugar con mi nombre, le puse un alto, porque entendí que también es necesario poner límites y confrontar a quienes actúan de mala fe. Defender la verdad no es soberbia; es responsabilidad.
Es triste que muchas veces terminemos enfrentándonos entre nosotros por palabras vacías, mientras dejamos de lado lo verdaderamente importante. Nos desgastamos en ataques internos, sospechas permanentes y descalificaciones que no construyen nada. Y surge la pregunta inevitable: ¿es frustración, es envidia o es simple maldad disfrazada lo que impulsa ciertos comentarios? Sea cual sea la causa, el resultado es división.
Una vez dije y lo repito, que en más de una ocasión me han llamado arrogante o maleducado por no dar la mano a quienes practican la hipocresía como rutina. No saludo falsedades ni comparto espacios con quienes inventan historias para ganar aceptación de quienes prefieren creer mentiras. He aprendido que la dignidad no se negocia y que, a veces, el silencio es la respuesta más firme y elegante frente a la miseria ajena. Porque la lengua también mata.
En su mensaje “Escuchar y ayunar. La Cuaresma como tiempo de conversión”, el Papa exhortó a frenar las palabras que lastiman, tanto en la vida cotidiana como en redes sociales. “Que disminuyan las palabras que hieren y crezca el espacio para la voz de los demás”, pidió el Pontífice, invitando a abandonar la calumnia, el juicio inmediato y el lenguaje agresivo.
No se trata solo de no comer carne; el problema es cuando “nos comemos” al prójimo con la lengua, hablando y chismeando sin responsabilidad. Este ayuno apunta a un cambio interior que se refleje en un trato más humano y empático. Propone desarmar el lenguaje, evitar críticas destructivas y aplicarlo en la familia, el trabajo y la vida pública para construir relaciones más acogedoras.
Las palabras que hieren debilitan incluso las causas más justas. Por eso, cuando expreso algo, procuro hacerlo con pruebas y fundamentos. No invento ni argumento para ganar favores de personas que luego exhiben lo que han hecho por uno. Decir la verdad con argumentos no es violencia; si hay una “violencia” válida, es la de la verdad. Tampoco debemos callar ante la injusticia ni ante la mentira: las aclaraciones necesarias son parte de la dignidad.
Ayunar no es solo abstenerse de comida, sino también del ego que nos hace creer que siempre debemos tener la última palabra. Ya pasaron los tiempos de los matones que intentan intimidar con amenazas o rumores para sentirse superiores. A veces es necesario hablar menos para que el silencio permita escuchar de verdad.
El llamado del Papa es urgente: sin escucha no hay encuentro, y sin encuentro no hay verdad. El ayuno más necesario de nuestro tiempo es callar lo que hiere para fortalecer lo que construye, porque la palabra que transforma no nace del impulso, sino de la conciencia, la empatía y la responsabilidad.
Por William Ramírez
