El fútbol salvadoreño atraviesa una realidad compleja y eso no se puede negar. Durante años se ha exigido una liga más competitiva, mejores jugadores, estadios más modernos, espectáculos de mayor nivel y resultados distintos. Todo eso cuesta dinero. En ese punto, el presidente de la FESFUT, Yamil Bukele, tiene razón cuando afirma que el fútbol nacional enfrenta una situación financiera difícil y que muchos clubes sobreviven haciendo enormes esfuerzos.
También es cierto que en gran parte del torneo los estadios lucen vacíos. Hay equipos que apenas logran sostenerse y que dependen casi por completo de las taquillas para cubrir salarios, viajes y operaciones. El acompañamiento del aficionado salvadoreño suele crecer únicamente en las fases finales, mientras durante el torneo regular muchos clubes juegan prácticamente sin respaldo en las gradas.
Pero dentro de esa realidad también existe otra verdad que no puede ignorarse: no todas las aficiones responden igual. En el caso de Club Deportivo FAS, su gente ha acompañado al equipo durante todo el campeonato, tanto de local como de visitante. Año tras año, la afición tigrilla se mantiene entre las más taquilleras del país y muchas veces ayuda incluso a mejorar las recaudaciones de otros clubes. Es una afición fiel, constante y presente incluso en los momentos más difíciles.
Por eso el debate sobre los precios de las entradas no puede reducirse únicamente al argumento financiero. Una final debe generar ingresos, sí, pero también debe ser accesible para el aficionado que sostuvo el torneo desde el inicio. Cuando un salvadoreño que gana salario mínimo necesita sacrificar gastos esenciales para asistir a un partido, el fútbol deja de ser una fiesta popular y comienza a convertirse en un espectáculo exclusivo para quienes pueden pagarlo.
Y ahí es donde el tema deja de ser solamente deportivo para convertirse también en una discusión social. Una entrada de general representa para muchos aficionados el equivalente a casi dos días de trabajo. Y eso sin contar transporte, alimentación, parqueo o los cargos adicionales de boletería. Para alguien que viaja desde Santa Ana o desde otros departamentos junto a su familia, asistir a la final puede convertirse fácilmente en un gasto de más de 100 dólares.
Porque el fútbol en El Salvador también es una tradición familiar. Hay padres que llevan a sus hijos al estadio, esposos que asisten con sus parejas y familias enteras que viven estos partidos como una celebración. Pero en la práctica, muchos simplemente no tienen la posibilidad económica de hacerlo. Una familia de cuatro personas pagando aproximadamente 27 dólares por entrada, sumando recargos, termina enfrentándose a un gasto que sobrepasa la realidad económica de la mayoría del país.
Comparar el precio de una final del fútbol salvadoreño con el de un concierto internacional tampoco parece del todo acertado. Son mercados distintos, públicos distintos y realidades económicas diferentes. El hincha no analiza la final como entretenimiento ocasional; la vive como identidad, tradición y pertenencia. Y precisamente por ese amor al equipo, muchos terminan comprando entradas “con el corazón y no con la razón”.
Otro punto que genera cuestionamientos es que las finales en el Estadio Jorge ‘Mágico’ González han incrementado considerablemente sus precios pese a que el estadio tiene menor capacidad que el Estadio Cuscatlán y todavía presenta limitaciones importantes, como la falta de parqueo y otras condiciones de comodidad para el aficionado. Reducir aforo puede explicar parte del aumento, pero no necesariamente justificar precios que muchos consideran desproporcionados para la realidad económica del país, especialmente cuando incluso superan precios vistos en finales de países vecinos como Honduras o Costa Rica.
Tampoco parece justo trasladar la responsabilidad económica del fútbol a una afición que sí respondió durante todo el torneo. Muchos aficionados de FAS consideran injusto pagar las consecuencias de estadios vacíos de otros equipos cuando ellos sí acompañaron siempre, incluso como visitantes. Mientras algunos clubes ni siquiera lograron llenar sus estadios con promociones o entradas al 2×1, la afición tigrilla siguió presente partido tras partido.
Y aunque se reconoce el esfuerzo que desde la FESFUT se intenta realizar para recuperar la economía del fútbol salvadoreño y devolverle dinamismo, también debe existir sensibilidad con la realidad del país. Pedirle al aficionado que ponga el amor al equipo por encima de sus necesidades básicas no puede ser la solución.
Muchos incluso consideran que un precio cercano a los 15 dólares en localidades populares, acompañado de la habilitación completa del aforo del estadio, habría permitido una final más accesible y verdaderamente popular.
Hay quienes no dudan que será un gran partido entre dos instituciones históricas del fútbol salvadoreño. Sin embargo, para una parte importante de la afición, la emoción de disputar una final se ha transformado en frustración por no poder costearla. Incluso sectores organizados como la Turba Roja han mostrado públicamente su inconformidad y han insinuado la posibilidad de no asistir como protesta.
La discusión no debería dividirse entre quienes defienden a los organizadores y quienes critican los precios. El verdadero debate es cómo hacer sostenible el fútbol salvadoreño sin alejar a la gente que le da vida. Porque al final, ningún espectáculo deportivo puede sostenerse únicamente con discursos financieros si el aficionado siente que poco a poco lo están dejando fuera de la cancha.
