Vivo en sus pensamientos como si durmiera con ellos

Es curioso cómo algunos se obsesionan tanto con lo que uno hace, dice o calla, que terminan viviendo más pendientes de mi vida que de la suya. Algunos incluso se preguntan, con malicia disfrazada de curiosidad, “¿quién durmió en medio?”, como si eso definiera algo más que su propia necesidad de hablar.

Me han tildado de arrogante, de maleducado, solo porque no doy la mano a quienes sé que practican la hipocresía como rutina. No saludo falsos, ni comparto con quienes inventan historias para ganarse el favor de los que prefieren creer mentiras. He aprendido que la dignidad no se negocia, y que el silencio, a veces, es la respuesta más elegante frente a la miseria ajena.

Nunca he faltado el respeto, aunque bien podría hacerlo. Sé que muchos sobreviven dentro de casas de cristal, frágiles, sostenidas por secretos y por la conveniencia del momento. Pero el tiempo tiene una forma sutil de ajustar cuentas, y lo que hoy brilla con impunidad, mañana puede desmoronarse con solo un soplo de verdad.

Tampoco he hablado de aquel que se da el lujo de criticar la vida, las decisiones o incluso la sexualidad de otros, cuando dentro de su propio círculo íntimo guarda eso mismo que tanto señala. La doble moral es el refugio favorito del cobarde.

No, esto no se trata de miedo, ni de ego. Se trata de mirarse adentro, de poner orden en uno mismo antes de intentar desordenar la vida ajena.

Una sola palabra mía podría bastar para “sanear” a más de uno. Pero no la digo, porque el silencio también tiene poder… y algunos, aunque no lo entiendan, ya están hablando demasiado por mí.

Por William Ramírez.