El intocable que cree que todos le piden favores
En esta sociedad donde el poder suele confundirse con respeto, siempre aparece aquel personaje que se siente intocable. El que un día fue un ciudadano común, (aunque en realidad lo sigue siendo) pero que, al obtener dinero, posición o influencia, comenzó a mirar a los demás por encima del hombro. No importa de dónde provenga su fortuna —ese detalle no lo discutiremos por ahora—, lo que sí merece análisis es su forma de creerse indispensable, como si cada persona que se le acerca buscara un favor o un beneficio.
Este “ego” superficial, también se pasa al núcleo que le acompaña en algunas cosas, donde creen, y digo creen porque “cada uno es feliz con la mentira que más le gusta”, que son la última soda del desierto.
El “intocable” vive en su propio pedestal, convencido de que los demás orbitan a su alrededor. Habla con autoridad, se mueve con arrogancia y exige un trato especial donde quiera que vaya. Pero detrás de esa fachada de poder se esconde una fragilidad enorme: la incapacidad de reconocer que todo lo que sube, tarde o temprano, puede caer.
La historia está llena de personajes que, cegados por su influencia, olvidaron que el respeto no se compra, se gana; y que el poder, sin humildad, termina “pesando” más de lo que el ego puede sostener.
Porque sí, quien mucho tiene, también puede caer… pero no por falta de recursos, sino por el peso de su propia soberbia.
El tiempo, sabio y paciente, siempre pone a cada uno en su lugar. Y al final, cuando el “intocable” ya no tenga a quién mirar por debajo, comprenderá que el respeto verdadero no nace del miedo ni del dinero, sino de la sencillez de saberse humano como todos los demás.
Por William Ramírez.